lunes, 3 de marzo de 2008

El Cuarto Púrpura

Lo llamaban así porque solía estar decorado en tonos de este color. Había grandes velas encendidas que iluminaban la estancia de manera escueta y proyectaban sombras amenazantes en las paredes. Sobre el sofá colgaba un enorme tapiz que reproducía a Anubis, el dios egipcio de los muertos, una figura humana con cabeza de chacal. En cuanto al sofá era de esos en forma de ele, muy amplio, permitiendo que varias personas descansarán en él tumbadas al más puro estilo de los senadores romanos. La mesa de nogal, construida por manos artesanas, daba impresión de ser solida como una roca. Sobre ésta había desparramados varias cajetillas de tabaco, una gran onza de hachís paquistaní, numerosas cervezas vacías y todos los elementos imprescindibles para preparar un chute de heroína –una cuchara de acero polaco, una goma de las que se utilizan para entubar en los hospitales y un pequeño estuche con una jeringuilla de cristal -. También encontrábamos un enorme cenicero de latón, unos dos gramos de cocaína boliviana -extendidos sobre una pequeña bandeja de plata -, un voluminoso catálogo de una exposición de Jean Baptise Mondrian en el MOMA y cinco o seis Lp´s de los 70 –entre ellos una copia firmada del Low de Bowie y una edición japonesa del Autobahn de Kraftwerk -.





La estancia era amplia, de techos muy altos y una sola ventana cerrada a conciencia. Frente al sofá había una escultura que representaba al Arcángel Gabriel y junto a ésta una lámpara de suelo que dibujaba un ángulo de luz contra una de las esquinas de la pared. En el suelo naufragaba una enorme alfombra persa con dibujos geométricos y sobre ella varias botellas vacías. Junto a la escultura había un viejo tocadiscos encima de una pequeña cómoda. Se oía el sonido del plato haciendo girar el vinilo, si bien no se reproducía ningún tipo de música.


Los ojos inertes de los ocupantes del sofá vislumbraban un lugar muy alejado de aquella habitación. Las bocas dibujaban una mueca de dolor, como un zigzag trazado por un niño pequeño. Eran tres: un hombre de unos treinta años y dos mujeres de unos veinte. Él estaba sentado con los pies en el suelo, la cabeza inclinada hacia atrás y un hilillo de sangre goteaba de su boca, su pecho desnudo mostraba antiguos tatuajes y laceraciones recientes. Una de las chicas tenia hundida la cabeza entre las tetas, cubiertas de una mezcla de vomito y sangre, los brazos extendidos con las palmas agujereadas hacia arriba. La otra chica estaba extendida por el otro ala del sofá, completamente desnuda se podía observar la sangre coagulada de sus heridas.


Un gato malayo se paseaba por encima del sofá y maullaba a los cuerpos, guiándolos por el mundo de las sombras.

1 comentario:

Javier Iglesias dijo...

seee el gato les guía al reino del Hades, a algun infierno budista o a una casa de la secta moon en valladolid....

(tus ultimos post son un poco ob tenebra)