Abro los ojos. Estoy en un maizal, en una noche estrellada. Ulula un viento frio, y los ruidos de la noche son aterradores. Giró la cabeza en todas las direcciones –me podría partir el cuello- mientras las plantas se sacuden como monstruosos cuerpos abalanzándose sobre mí. Decido cerrar los ojos para amortiguar el miedo.
Abro los ojos, estoy sentado en el banco de una iglesia, reconozco el edificio: es la ermita de mi pueblo. A mi lado mi abuela, anciana y mermada, vestida de negro, sollozaba y murmulla lamentos de desesperación. Más allá mi padre, con un gesto de infinita tristeza, mordisquea su labio inferior para no gritar a pleno pulmón. Me levanto y camino hacia el altar. La caja del finado está abierta. Me acerco a ella como flotando por el mármol bajo mis pies. Veo mi rostro pálido y maquillado para ocultar las heridas. Decido cerrar los ojos para amortiguar el miedo.
Abro los ojos, parpadeo. Hay poca luz y mis pupilas necesitan tiempo para adaptarse. Levanto la cabeza. Creo que estoy en un pozo. Varios metros más arriba, una fina línea de luz se cuela por la tapa de aquel agujero. Un sonido de patitas escarbando rezuma en el muro. Las paredes son viscosas, y comienzo a palpar como cientos de asquerosos insectos subiéndome por las piernas. Me muerden con sus pequeños apéndices. Decido cerrar los ojos para amortiguar el miedo.
Abro los ojos, estoy en medio de una vía, creo que es el metro de mi cuidad. Huele tremendamente mal. Súbitamente un pitido y una luz que avanza hacia mí a una velocidad vertiginosa. Voy a morir. Decido cerrar los ojos para amortiguar el miedo.
Abro los ojos, tengo una pantalla de cristal que me cubre el rostro. Muevo las manos para poderlas observar. Están cubiertas por unos enormes guantes blancos, observo alrededor: la oscura negritud del espacio. Me giró. Puedo ver claramente el cable de sujeción a la nave, aunque ya no puede cumplir su cometido. Me derramo sobre el abismo de la nada, pese a que eternas estrellas tililan al alcance de mis manos. Decido cerrar los ojos para amortiguar el miedo.
Abro los ojos, estoy desnudo. El agua de la bañera esta tibia y teñida. Intento mover las manos para chapotear pero no las puedo mover. Los profundos cortes de las muñecas no paran de derramar mi vida en el agua. Decido cerrar los ojos para amortiguar el miedo.
Abro los ojos pero no veo, están cubiertos por una venda. Oigo gritos en una extraña lengua, y cañonazos que retumban en mis odios, el fragor de la batalla y el ruido de las armas. Con la punta de los dedos rozo la estaca a la que estoy clavado. Decido cerrar los ojos para amortiguar el miedo.
Abro los ojos, la luz es cegadora. Tengo los brazos extendidos y clavados a la madera. Los pies –en cruz- son indivisibles del madero gracias a un enorme clavo. A derecha e izquierda la hilera de cruces se pierde en el horizonte. Los animales carroñeros acechan tras los prados. Decido cerrar los ojos para amortiguar el miedo.
Abro los ojos, el Maestro esta frente a mí. Sus ojos inertes revelan un oculto júbilo. La prueba ha sido superada.
domingo, 15 de febrero de 2009
martes, 3 de febrero de 2009
WALTER
Apuraba su cerveza en la barra del bar. Su avanzada edad no le había hecho renunciar a los pequeños placeres de la vida, como beberse un buen zumo negro de cebada siempre que tenía ocasión. Si bien es verdad aquella costumbre impedía que su nariz, en forma de berenjena, perdiera su característico color rojo.
Se sabía viejo -aunque aun conducía un viejo Volkswagen que apestaba a naftalina y cigarrillos bajos en nicotina, que fumaba con vertiginosa frecuencia- y en aquel retiro mediterráneo para británicos ajados y cansados del escaso sol de las islas, rememoraba su larga vida y en especial aquella aventura en que, como enlace del MI6, evitó que un submarino ruso que navegaba por las costas de Chipre provocará la tercera guerra mundial.
Walter se encomendó a San Elmo para que velara por él cuando llegara el momento, pero mientras esperaba el final contemplaba otro de aquellos esplendidos atardeceres púrpuras.
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