miércoles, 19 de marzo de 2008

El trabajito de la casa

Llovía a borbotones. La gabardina chorreaba y el ala del sombrero parecía un estanque para patos. Palpé la Tokarev en el bolsillo. Aquella antigualla rusa estaba fría como un tempano de hielo y su tacto me produjo un escalofrío que se entremezclaba con una suerte de seguridad. Levanté la mirada hacia la casa, camuflada entre los árboles y la cortina de lluvia. Solo una luz difusa en el salón brillaba, entre la negrura de la noche. Miré el reloj y marcaba las tres cincuenta. Sería conveniente esperar unos minutos más. Detrás de los robles estaría resguardado de cualquier inconveniencia hasta que llegará la hora de actuar.


Volví a consultar la hora, observe la casa una vez más. Parecía una de esas viejas construcciones de madera. Tenía dos plantas. A la superior se accedía por una escalera exterior de dos tramos, que se convertía en una terraza que circundaba el edificio. No podía determinar mucho más debido al agua y a la oscuridad. Pese a ello recordé la conversación con Don Cosimo: cuatro hombres y una mujer en la casa, entre ellos Manrico Quiaparoli, la disposición de las habitaciones alrededor de un pasillo central, y la improbable circunstancia de que alguien vigilará el edificio –aun más incierto con el aguacero que estaba cayendo- , pues eran unos “tipos listos” y confiaban en la seguridad de su escondrijo.


Me gustaba trabajar con los italianos. Eran generosos en los honorarios y uno sabía a qué atenerse si conocía sus costumbres. No solían contratar externos para lavar sus trapos, pero en este caso necesitaban de un tipo que no fuera un spaghetti y que se dedicará a esto. Y de los no spaghettis que se dedicaran a esto yo era el mejor.


Ajuste el silenciador a la Tokarev, comprobé la vieja Liliput del tobillo y comencé a caminar sobre el barrizal que llevaba a la casa. Lo hacía por el margen derecho, muy cerca de los árboles, despacio, e intentando que el chapoteo fuera mudo. El gabán goteaba como una bayeta apretujada. Con no poca dificultad llegue hasta la base de la escalera y aguardé para repasar toda la estrategia. Cabía la posibilidad de que la escalera crujiera, aunque el sonido del agua amortiguaría el ruido; también le dedique unos segundos a la opción de forzar la puerta del garaje y sorprenderlos desde la planta inferior, lo desestimé rápidamente: la puerta del garaje era enorme como un menhir. Resolví en subir la escalera y rodear la casa por la terraza hasta encontrar la ventana adecuada para entrar.


Subí, con la Tokarev en la mano y deslizando el brazo contrario por la barandilla, muy despacio, como quien toca a una mujer por primera vez. En el penúltimo escalón antes de la terraza me puse en cuclillas y me apoye contra el muro de la casa. Me quité el sombrero y miré un segundo por la ventana, esta pertenecía a un salón decorado al más puro estilo de las casas de cazadores: una chimenea donde crepitaban varios troncos, una extensa alfombra de pelo de algún animal que no lograba identificar y, cómo no, la cabeza de un enorme ejemplar de muflón en la pared. En cuanto a los otros animales a cazar, había tres de ellos en el salón. Seguí pegado al muro, levantando la vista por cada ventana que se encontraba en mi sigiloso reptar. Localicé a la mujer hablando con el hombre restante en un pequeño despacho en la esquina contraria al salón. Dispuestos así, era el momento de empezar la cacería.


Arrojé una maceta de podridas flores contra la ventana del salón. Sonó como cuando se parte un dique. El primer idiota intentó sacar la cabeza y el revólver por la ventana. Una decisión estúpida. Le acerté de lleno en la frente y se tambaleo contra los restos de cristal, clavándoselos en la espalda. Utilizando al idiota como escudo humano dispare contra el segundo, que estaba junto a la cabeza de muflón. Intentó dedicarme algún bonito verso antes de que sus sesos cubrieran la boca del decapitado animal. El tercero montaba una de esas escopetas semi automáticas, de las que tienen un tubo para recargar. El bastardo consiguió disparar una vez, acertando en la espalda del idiota de la ventana y esparciendo parte de sus entrañas por mi cara. Empujé el cuerpo de una patada y me lancé de cabeza hacía el salón, haciendo una voltereta. Su segundo disparó me rozó la pierna pero impactó contra la pared. Extendido sobre el suelo, alargue el brazo de la Tokarev y le disparé en las piernas. El primer tiro le alcanzó el tobillo, y este hizo un movimiento grotesco y antinatural mientras le manaba sangre a chorro. El segundo disparo le acertó en el bajo vientre. El tipo se desplomó como un árbol serrado y su cabeza se mezcló con los troncos de la chimenea.


De la otra habitación llegaba un tremendo alboroto, como era obvio. Mi entrada en el escenario había dejado de ser sigilosa gracias al macetazo. El hombre le ordenaba a la mujer y esta gritaba histérica. Estaba preparado para el segundo acto. Del primero había salido bien parado. Esperaba apoyado en la puerta que conducía al pasillo. Saque la Liliput y me la guardé en la parte de atrás de los pantalones. La pequeña víbora ya me había sacado de varios aprietos.

¡Eh! ¡Hijo de perra! ¡¡Sal de ahí!! Gritaba Quiaparoli.
Asomé la cabeza por el pasillo. El Spaghetti estaba detrás de la chica y me apuntaba.


¡¡Tira la puta pistola o ésta morirá!!

Su cara reflejaba una extraña mezcla de odio, miedo y excitación. El pobre idiota creía que ahora, con la chica como escudo, tenía el control. Supongo que la mueca de mi cara reflejó una sonrisa muy cínica. Hice ademán de tirar la Tokarev al suelo, pero la levanté repentinamente y le volé la cabeza a la chica. Parte de su cerebro estaba ahora de paseo en la cara de Quiaparoli. Éste tenía la boca abierta como el comienzo de un túnel y su gesto era de pasmarote petrificado. Me dio la sensación de que pensaba que yo era uno de esos boy scouts que se rinden cuando hay damiselas en peligro. ¡Un error muy grave!


¡Eh Manrico! ¡Don Cosimo te envía saludos!

Vacié el cargador contra aquel tipo, que se agitaba al son de mis balas como poseído por algún baile de San Vito. Finalmente cayó contra la pared del fondo, dejando ésta última como un cuadro abstracto.

1 comentario:

Javier Iglesias dijo...

a veces da gusto consumir un platazo de tópicos bien sazonados!!!