miércoles, 19 de diciembre de 2007

El fascinante mundo de “por que solo escribes cuando estas jodido”

Reflexionemos al respecto. ¿Es la angustia, el agotamiento físico y mental, el olor a podredumbre de tus ropas, el dolor de quijotera o el sopor más inaudito que hayas podido imaginar el combustible que te impulsa a relatar los hechos que acontecen en tu cerebro? Sin duda.

No se suelen hacer elucubraciones artísticas en momentos de felicidad, probablemente por que tus endorfinas de ser enamoradizo y bisoño anulan cualquier impulso creativo. Así que si follas habitualmente, te ha tocado la lotería o eres un ser satisfecho con tu curro –tanto que no te da para dedicarle unos versos al cabrón de tu jefe – es muy posible que tus creaciones artísticas sean una autentica “brossa”.

¿Qué que quiero decir con esto? Que, muy posiblemente el verdadero arte nace del dolor, de la catarsis que supone expulsarlo mediante una creación artística. Y aunque no siempre sea de esta forma, pues el arte religioso nace de las alabanzas a nuestro buen dios, si que existen monumentales ejemplos de como el sufrimiento se transmuta en algunas de las piezas más gloriosas que nos ha dejado la historia de la humanidad. El Guernika es un buen ejemplo o los Fusilamientos del 3 de mayo. Tanto Picasso como Goya pintan escenas que les producen repulsa y dolor. Incluso los monumentos funerarios, en un nivel más básico, son celebraciones del dolor –véase las pirámides – o se alimenta de un dolor, la perdida de alguien, o del supuesto en que esa perdida no es tal por que esa persona está en un sitio mejor (a la derecha de dios padre, en el Valhalla o en el regazo de Rá).

Resumiendo: cuando uno esta jodido salen cosas mejores. Es por eso que este texto es una mierda por que yo solo estoy medio jodido.

lunes, 17 de diciembre de 2007

Primperán

Si bien es verdad, nos sorprendió gratamente, que después de varios años (mal)gastados en el mismo colegio mayor, no nos contará aquella historia hasta aquel momento. Todo aquel que haya vivido en este tipo de manicomios para universitarios debe saber que las buenas anécdotas –aquellas que se vuelven verdaderas leyendas entre los amigos – se cuentan en los dos primeros años de estancia. Así que aquel bizarro suceso supuso, conociendo ya todas las miserias del protagonista, una brizna de aire fresco a la par que una media hora de sonoras carcajadas.

Nuestro hombre era un ser muy peculiar, no solo por sus estudios de filosofía, cosa que ya los vuelve peculiares de por sí, sino por su honrosa y la vez ridícula forma de enfocar la vida. El ERA un filosofo, leído, culto, reflexivo y amante de la decoración de interiores y de las grabaciones de Jordi Savall. Un anacronismo inmerso en una panda de cafres cuyos únicos propósitos eran beber hasta reventar y follar con quien se dejara follar. Él ponía una nota de color entre la manada, con sus ínfulas ilustradas y sus fuertes valores morales. Aun así, no tenía problemas en compartir tertulias y canutos con sus parteneirs de pasillos. Aquel suceso nos fue revelado una noche en una habitación cualquiera:

-Esto me paso cuando tenía once años; llevaba un par de semanas con un catarro que había derivado en una tos bronquial bastante molesta. Mi madre compró un frasco de jarabe para eliminar aquella carraspera. Era uno de esos tarros con un fluido de color parduzco que se administra con una cuchara sopera de plástico incluida en el envase. El asunto es que a mí el jarabe me sabía de puta madre, como una fanta de fresa. Poseía ese extraño sabor sintético que a veces gusta más que la fruta original. El caso es que uno de aquellos días, después de comer y preparándome para acudir a las clases de la tarde, decidí pimplarme medio frasco.

Al principio todo fue normal, únicamente disfruté del sabor a Flax de quiosco que me proporciono aquel maldito jarabe. En la primera media hora de clase me sentí bien, solo la normal modorra post comida. Pero... de repente ¡No podía mover media cara! Estoy seguro de que tenía una horrible mueca –como fruto de una apoplejía – y que mis compañeros me miraban con una mezcla de horror y algaraza. Sin mediar palabra con el profesor, azuzado por la vergüenza y la preocupación, huí de la clase precipitadamente. Baje las escaleras como pude, salí del colegio y comencé a correr hacia mi casa. Lamentablemente aquel colocón hizo mella en el resto de mi cuerpo. Y mi pequeño cuerpo de once años quedó paralizado en su mitad derecha, como un espantapájaros desmembrado. Intentaba arrastrar la mochila pero era inútil. Así que decidí sentarme en un banco, recordando aquel sabor de fresa sintético, y esperar a que mi madre me echara en falta.

Para Diego con cariño (donde quiera que estes)

H.Miller

Henry Miller es un guarro. Cada vez que leo uno de sus libros acabo pensando que si este hombre ha follado la mitad de lo que escribe habrá tenido purgaciones una veintena de veces. Aun así lo envidio. Y aunque he leído por ahí que la crítica está en desacuerdo sobre su calidad literaria, yo no albergo ninguna duda. Desde luego escribe mucho mejor que cualquiera de esos beatniks de los que tanto presumen los yanquis. Vale más cualquier descripción de un polvo de Miller que “En el camino” de Kerouac. Su manera de narrar los hechos es frugal, transparente, divertida y exquisitamente lúcida. Además es un guarro y siempre nos divierte leer cochinadas.

Enfrentandose al jefe

Hoy me he despedido del trabajo. Durante mi estancia como becario he maldecido a mi jefe, por su tacañería, su estupidez, su soberbia, y sus nefastos –defastos según él – intentos por pretender que un alemán posea algún sentido del humor. He planeado en mi cerebro todo tipo de trifulcas con él; en las que me contemplo a mi mismo, poseedor de una labia e integridad sobrehumanas, ridiculizando a aquel cincuentón y sus ínfulas caducas de publicitario de gran prestigio. También he intentado cimentar mi odio hacía su manera de hacer las cosas explicando, pormenorizadamente, sus mamarrachadas. Valga como ejemplo el asunto de las máquinas de agua; a saber, las empresas prestan la maquinas para su uso durante un mes, en caso de no estar satisfecho se devuelven, sin compromiso. Nosotros hemos tenido seis de estas durante un mes, las hemos probado, nos hemos bebido el agua a todas las temperaturas concebibles por el hombre a excepción de la inferiores a oº centígrados, y se han devuelto las seis. Todo por no abonar un alquiler de 40 euros al mes. Así que nuestro internacional “staff” vuelve a chumar agua del llobregat. Son estas cosas las que han alimentado durante este tiempo el heroico sueño de humillar de alguna forma a mi jefe. ¡Juro que me veía preparado intelectual y moralmente para ello! ¡Listo para decirle cuatro cosas bien claras sobre su “empresa”!

Obviamente, le he comunicado mi decisión de no volver tras las navidades de la manera más educada y formal que ha podido concebir mi mente un lunes por la mañana.

Agua mineral

Se me ocurrió pensar que tal vez nos dominaran mediante el agua mineral. Recordé a aquel militar interpretado por Sterling Hayden en Dr. Strangelove que sostenía que los soviets los dominaría por beber agua corrompida. La teoría es que dos litros de agua mineral al día harían tu vida más larga y feliz.
¿No sería buena idea probarlo?
El formato “hogar” de aquella botella no era sino otro de los numerosas formas en que la publicidad instrumentalizaba el inconsciente colectivo induciéndolo hacía el silogismo barato: un “hogar” son varias personas y que por obligatoriedad tiene que tener y usar semejante botijo de plástico. ¡El maldito maniqueísmo publicitario!
Dos litros de agua significan cuatro miembros bajo el mismo techo.
Pero, sin duda, lo más sorprendente es como el formato “hogar”, que misteriosamente induce a pensar en ahorro, tiene, curiosamente, un tamaño exactamente igual a la suma de dos formatos standard, lo que supone que compras una botella más grande por que sí.
También me gustaría reflexionar sobre las latas de conserva, que es un mundo fascinante y afilado, pero lo dejaremos para otra ocasión.

Sobre centros comerciales

Uno de los sueños infantiles que no he olvidado es ser amo y señor de una gran superficie durante una noche. Un abanico de posibilidades se abre en el horizonte de esta ficticia situación. Me imagino encerrado en un Corte inglés con todos sus productos a mi disposición: comiendo todas las cosas que se me ocurran, bebiendo vino de reserva en copas de bohemia y vomitando las mezclas resultantes en sabanas de seda. Destrozando la cristalería expuesta en el primer sótano con un bate de béisbol arrebatado de la sección de deportes. Escuchando el primer CD de ese bluesman blanco en uno de los reproductores de última generación del departamento de imagen y sonido, sentado en una lujosa butaca de cuero. Travistiéndome , embutido en un traje de dior –al que paulatinamente le jodo las costuras- , y pavoneándome ante la atónita no-mirada de los distinguidos maniquíes de la zona de caballeros. Pilotando una de esas scoteers de exposición por las escaleras mecánicas. Fumándome mil cigarrillos del estanco mientras leo la prensa extranjera. Dibujando figuras de colores en un esplendido bloc con carísimos lapiceros alemanes. Jugando con figuras de acción enfrentadas a un horripilante ejercito de osos de peluche. Lanzando cuchillos, recién sacados de sus estuches, contra las piezas de peletería.


En resumen una orgía de hedonismo más salvaje, con todo lo necesario y lo que no a mi alcance. Siempre vislumbro el mismo final para esta pequeña quimera: saliendo del centro comercial, esposado y flanqueado por dos enormes y analfabetos guardias-jurado que han desgastado sus nudillos contra mi cara.