lunes, 11 de febrero de 2008

EN LOS LÍMITES DE LA ESTUPIDEZ HUMANA (1)

(por desgracia basado en hechos reales)

El cáncer de huesos es una de las enfermedades más insoportables que se puede padecer. Los dolores son terribles y las penalidades que sufren esas personas son dignas de los tormentos que nos esperan en el infierno.


Clotilde era una octogenaria temerosa de dios, pulcra, trabajadora, una mujer de las que ya no hay. Tuvo dos hijos. Él y ella. Él murió en un accidente de tráfico cuando hacia el servicio militar en Algeciras. Ese tipo de heridas para una madre son incurables. Aun así Clotilde, que llevó un luto riguroso el resto de su vida - en parte para manifestar su dolor, en parte para que los del pueblo no osaran a decir que ya no le importaba la muerte de su vástago- siguió con su vida. Su marido falleció hace unos veinte años, aquejado de un cáncer de pulmón que lo fulminó en tres meses. Clotilde tuvo un nuevo motivo para escoger el negro como color de temporada.


Hablemos ahora de ella. Educada por su madre en los conceptos de la iglesia católica apostólica y romana no tardó en manifestar su interés por llevar una vida al servicio de Dios. La visita de Juan Pablo II al país precipitó que ella se decantara por vestir los hábitos. Ingresó en un convento y se puso al servicio de nuestro Señor Jesucristo.


Explicados estos antecedentes retornemos a nuestros días. Clotilde tiene prescritos por su doctor varios medicamentos para mitigar sus terribles dolores. Su hija ha pedido una excedencia del convento para cuidar a su madre enferma.



Esta es una de las conversaciones que mantiene con el farmacéutico del pueblo:

- ¿Cómo esta su madre?
- Pues bueno
- ¿Cómo le va la medicación?
- Uy hijo, se tira como una loca a las pastillas, se las tengo que esconder.
El farmacéutico estupefacto
- ¿Cómo dice?
- Sí, que se tira como una loca a las pastillas, además de las de 500mg le doy solo la mitad porque ¿si las otras son de 50 mg, las de 500 tienen que ser muy fuertes? Yo creo que el médico se ha equivocado. Además hay que sufrir un poquito….

El farmacéutico se mordió el labio inferior, contuvo su mano para no soltarle una hostia a la sierva de dios, y pensó en Clotilde y en qué demonios había hecho para que su hija desconociera lo que es la piedad.

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