“La imagen es un hecho”
Ludwig Wittgenstein
¡Que curioso! Estoy en un lugar en que todo esta etiquetado con su logo correspondiente. De hecho la propia ciudad es una etiqueta monstruosa. Cada uno de los diferentes aspectos que ofrece la metrópoli tiene su propio símbolo identificativo. Fabulosos ideogramas de magnifica sencillez salidos de las cabezas de gafa pastas poseedores de un MAC.
Servicio de movilidad, limpieza de la ciudad, servicio de transportes públicos, trámites online, programa de actuación municipal, playas de la ciudad, plataforma de convivencia ciudadana, banco de recursos cívicos, ruta del diseño, museo de arte contemporáneo, auditorio, palacio de la música, acción municipal para el cuidado de caniches que tienen los cojones negros, etc.
Puede que esta susceptibilidad mía les induzca a pensar que: o tengo un manifiesto rechazo a los logotipos e identificaciones publicitarias, o que odio las formas de los que ahora son mis conciudadanos. Ni una cosa ni la otra. Por lo menos de manera absoluta. Lo que realmente me saca de mis casillas y a la vez me fascina es lo que sucede aquí con la el arte de vender un producto. Esta gente lo hace, y lo hace muy bien. Casi estoy convencido que ellos podrían coger un apestoso trozo de mierda, hacerle un bonito logo estilo bauhaus, y se venderá como rosquillas.
“.....Es fabuloso como puede venderse tan bien. Coja usted una gran ciudad, antigua por derecho y portuaria por proximidad, añádale el recuerdo de las ciudades estado que gobernaron el mediterráneo entre los siglos XV y XVI, espolvoreé las enseñanzas del numeroso judaísmo que habitó/a la ciudad ( fue de las pocas poblaciones que solicitó a los Reyes Católicos la no expulsión de los judíos de la península), cuézalo con idioma más idiosincrasia propia, añádale unos gramos de represión del resto del estado, y corónelo con unos brillantes juegos olímpicos, y voila, la transformamos en la ciudad más progresista, cosmopolita y cool de todo el mare nostrum. La percepción de la gente que vive / visita la ciudad es que mola. Y esta conclusión es verdad. Pero es demasiado sucinta para explicar la complejidad de lo que se esconde debajo de las etiquetas.....”
¡.....Es increíble como puede ser tan esnob. Coja usted una gran ciudad, una un montón de nacionalistas que creen que lo suyo es especial, salpíquenlo con unos cuantos nacionalistas que creen que lo suyo es la hostia. Añádanle un complejo de inferioridad brutal con respecto a la capital, acoplen un montón de gente de otros lugares y espacios que buscan el suyo propio, y súmenle un éxito internacional de cara a millones de telespectadores y voila explotamos la gallina de los huevos de oro por que sabemos cómo y tenemos con qué. La percepción de la gente que vive en la ciudad es que nos encontramos con una gigantesca valla publicitaria cuyo reclamo no solo funciona, sino que moviliza a miles de personas –de todo sitio y condición – a habitarla y disfrutarla. Y esta conclusión es verdad. Pero es demasiado capitalista como para defenderla totalmente convencido.....”
Es por esto que la etiquetación sistemática de todo obedece a las leyes más básicas de la publicidad. Tenemos algo bueno – que no perfecto – vamos embalarlo, emperifollarlo, darle lustre y barniz, y ponerle un lacito rojo y la gente vendrá. Como llamados por un experto comerciante del zoco. Eso sí, muchas veces que debajo del bonito papel de regalo se oculta el catetismo más reaccionario, el nacionalismo más analfabeto, y el menosprecio más tieso. Aún así, puedes pasear por el centro como en una babel moderna, no solo por los que vienen aquí a limpiar el suelo –todos sabemos de que color son estos – sino por rubias turgentes, caucasianos ciclópeos, reyes del guetto, gente de Kyoto, o tipos que solo dicen “moderfaquer”.
Recuerdo una oriunda que me dijo: Aquí, no te engañes, lo que sabemos es vender.
Probablemente, esto justifique el mareante número de logotipos con los que se le ponen nombre a un montón de actividades que no deberían tener uno, solo deberían suceder. Pronto me veo con una pegatina en el culo que me identifique como ciudadano.
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