lunes, 17 de diciembre de 2007

Sobre centros comerciales

Uno de los sueños infantiles que no he olvidado es ser amo y señor de una gran superficie durante una noche. Un abanico de posibilidades se abre en el horizonte de esta ficticia situación. Me imagino encerrado en un Corte inglés con todos sus productos a mi disposición: comiendo todas las cosas que se me ocurran, bebiendo vino de reserva en copas de bohemia y vomitando las mezclas resultantes en sabanas de seda. Destrozando la cristalería expuesta en el primer sótano con un bate de béisbol arrebatado de la sección de deportes. Escuchando el primer CD de ese bluesman blanco en uno de los reproductores de última generación del departamento de imagen y sonido, sentado en una lujosa butaca de cuero. Travistiéndome , embutido en un traje de dior –al que paulatinamente le jodo las costuras- , y pavoneándome ante la atónita no-mirada de los distinguidos maniquíes de la zona de caballeros. Pilotando una de esas scoteers de exposición por las escaleras mecánicas. Fumándome mil cigarrillos del estanco mientras leo la prensa extranjera. Dibujando figuras de colores en un esplendido bloc con carísimos lapiceros alemanes. Jugando con figuras de acción enfrentadas a un horripilante ejercito de osos de peluche. Lanzando cuchillos, recién sacados de sus estuches, contra las piezas de peletería.


En resumen una orgía de hedonismo más salvaje, con todo lo necesario y lo que no a mi alcance. Siempre vislumbro el mismo final para esta pequeña quimera: saliendo del centro comercial, esposado y flanqueado por dos enormes y analfabetos guardias-jurado que han desgastado sus nudillos contra mi cara.

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