Nuestro hombre era un ser muy peculiar, no solo por sus estudios de filosofía, cosa que ya los vuelve peculiares de por sí, sino por su honrosa y la vez ridícula forma de enfocar la vida. El ERA un filosofo, leído, culto, reflexivo y amante de la decoración de interiores y de las grabaciones de Jordi Savall. Un anacronismo inmerso en una panda de cafres cuyos únicos propósitos eran beber hasta reventar y follar con quien se dejara follar. Él ponía una nota de color entre la manada, con sus ínfulas ilustradas y sus fuertes valores morales. Aun así, no tenía problemas en compartir tertulias y canutos con sus parteneirs de pasillos. Aquel suceso nos fue revelado una noche en una habitación cualquiera:
-Esto me paso cuando tenía once años; llevaba un par de semanas con un catarro que había derivado en una tos bronquial bastante molesta. Mi madre compró un frasco de jarabe para eliminar aquella carraspera. Era uno de esos tarros con un fluido de color parduzco que se administra con una cuchara sopera de plástico incluida en el envase. El asunto es que a mí el jarabe me sabía de puta madre, como una fanta de fresa. Poseía ese extraño sabor sintético que a veces gusta más que la fruta original. El caso es que uno de aquellos días, después de comer y preparándome para acudir a las clases de la tarde, decidí pimplarme medio frasco.
Al principio todo fue normal, únicamente disfruté del sabor a Flax de quiosco que me proporciono aquel maldito jarabe. En la primera media hora de clase me sentí bien, solo la normal modorra post comida. Pero... de repente ¡No podía mover media cara! Estoy seguro de que tenía una horrible mueca –como fruto de una apoplejía – y que mis compañeros me miraban con una mezcla de horror y algaraza. Sin mediar palabra con el profesor, azuzado por la vergüenza y la preocupación, huí de la clase precipitadamente. Baje las escaleras como pude, salí del colegio y comencé a correr hacia mi casa. Lamentablemente aquel colocón hizo mella en el resto de mi cuerpo. Y mi pequeño cuerpo de once años quedó paralizado en su mitad derecha, como un espantapájaros desmembrado. Intentaba arrastrar la mochila pero era inútil. Así que decidí sentarme en un banco, recordando aquel sabor de fresa sintético, y esperar a que mi madre me echara en falta.
Para Diego con cariño (donde quiera que estes)
1 comentario:
Diego nunca paso inadvertido. Yo nunca le olvidaré.
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