Hoy me he despedido del trabajo. Durante mi estancia como becario he maldecido a mi jefe, por su tacañería, su estupidez, su soberbia, y sus nefastos –defastos según él – intentos por pretender que un alemán posea algún sentido del humor. He planeado en mi cerebro todo tipo de trifulcas con él; en las que me contemplo a mi mismo, poseedor de una labia e integridad sobrehumanas, ridiculizando a aquel cincuentón y sus ínfulas caducas de publicitario de gran prestigio. También he intentado cimentar mi odio hacía su manera de hacer las cosas explicando, pormenorizadamente, sus mamarrachadas. Valga como ejemplo el asunto de las máquinas de agua; a saber, las empresas prestan la maquinas para su uso durante un mes, en caso de no estar satisfecho se devuelven, sin compromiso. Nosotros hemos tenido seis de estas durante un mes, las hemos probado, nos hemos bebido el agua a todas las temperaturas concebibles por el hombre a excepción de la inferiores a oº centígrados, y se han devuelto las seis. Todo por no abonar un alquiler de 40 euros al mes. Así que nuestro internacional “staff” vuelve a chumar agua del llobregat. Son estas cosas las que han alimentado durante este tiempo el heroico sueño de humillar de alguna forma a mi jefe. ¡Juro que me veía preparado intelectual y moralmente para ello! ¡Listo para decirle cuatro cosas bien claras sobre su “empresa”!
Obviamente, le he comunicado mi decisión de no volver tras las navidades de la manera más educada y formal que ha podido concebir mi mente un lunes por la mañana.
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario